Hay parejas de DJ que funcionan por afinidad estética y otras que terminan creando un idioma propio. Pastis & Buenri pertenecen a la segunda categoría. David Álvarez Tudela y David Pàmies convirtieron la cabina en una mesa de montaje: melodías casi sentimentales, bases aceleradas, hard trance, hardcore, voces imposibles de imaginar juntas y una disciplina de mezcla que podía hacer parecer natural una transición al borde del accidente. Su historia atraviesa la eclosión de la mákina catalana, la época de las grandes salas, el estigma mediático, los excesos de una cultura de fin de semana y una relectura reciente que ha devuelto aquella música a públicos que durante años la miraron por encima del hombro.

Dos David antes de convertirse en una marca

Antes de que el nombre conjunto se convirtiera en una contraseña generacional, ambos habían recorrido cabinas y pistas por separado. Pastis empezó profesionalmente a comienzos de los noventa y pasó por Sala del Cel, Distrito y Pont Aeri; Buenri se formó igualmente dentro de ese circuito catalán en el que el DJ empezaba a dejar de ser una figura invisible. Los dos han señalado a Nando Dixkontrol como una referencia temprana. La idea clave estaba ahí: el DJ podía construir una narración en tiempo real y utilizar la mezcla como un instrumento expresivo, no únicamente como una unión limpia entre dos discos.

El encuentro definitivo llegó en la órbita de Xque, en Palafrugell. Pastis se incorporó en 1995 y Buenri terminó llegando en 1996. El local ya había virado desde otros códigos de pista hacia sonidos duros y rápidos; con ambos en cabina adquirió una identidad reconocible a kilómetros de distancia. Durante más de una década, hasta el cierre de Xque en 2007, la pareja quedó ligada a una forma muy concreta de entender la noche: viaje largo, técnica física, fidelidad absoluta del público y una velocidad musical que obligaba a escuchar de otra manera.

Patis & Buenri en su videoset en HOR
Patis & Buenri en su videoset en HOR

La mezcla como arquitectura emocional

Reducir la mákina de Pastis & Buenri a una cifra de BPM es perder la parte importante. Sus sesiones funcionaban mediante tensión y liberación. Una base podía sostener una melodía, una acapella podía abrir un hueco inesperado y dos temas que por separado resultaban incompatibles podían adquirir sentido al superponerse. Pastis ha explicado esa fascinación desde sus primeros años: descubrir que dos o tres piezas podían fundirse hasta producir una tercera sensación. Ahí está una de sus influencias menos comentadas: antes de que la ortodoxia de género se endureciera, su oído absorbía pop de los ochenta, ambient, bandas sonoras, acid house, tecnopop y electrónica melódica.

Ese bagaje explica por qué el repertorio podía ser sentimental sin bajar la intensidad. La mákina catalana hizo de la euforia una ciencia práctica: bombos veloces, breaks, voces luminosas y giros casi melodramáticos. Pastis & Buenri entendieron que una pista abarrotada admite emoción compleja. La dureza podía convivir con una melodía ingenua; el humor con un momento casi épico; la agresividad rítmica con canciones que miles de personas terminarían recordando como parte de su adolescencia.

Xque: templo, laboratorio y rutina extrema

La mitología de Xque se construyó tanto con música como con geografía. Desplazarse hasta la Costa Brava, encontrarse con una comunidad que repetía cada fin de semana y permanecer horas dentro de una sala dedicada a un sonido específico generó una pertenencia difícil de reproducir en el circuito actual de festivales. La residencia obligaba además a algo que una aparición puntual no exige: renovar el relato semana tras semana. Había que comprar discos, estudiar mezclas, probar estructuras y mantener una relación directa con un público que conocía el repertorio y detectaba cualquier automatismo.

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La producción discográfica terminó extendiendo esa identidad fuera de la sala. El nombre Xque apareció en referencias, recopilatorios y lanzamientos, mientras Pastis & Buenri desarrollaban un catálogo asociado a su universo. En 2024 y 2025 volvieron a publicar material, y su perfil oficial muestra una actividad que contradice la idea cómoda de tratarlos como una reliquia cerrada. Su presencia reciente en formatos internacionales y eventos de nueva generación ha hecho visible algo que el underground catalán sabía desde hace décadas: aquella técnica de mezcla conserva una personalidad difícil de confundir.

Drogas, estigma y una historia más incómoda

Hablar de aquella escena sin drogas sería falsear el contexto. MDMA, anfetaminas, cannabis, alcohol y otras sustancias circularon por la cultura rave europea y por las noches españolas de los noventa. También hubo sesiones larguísimas, desplazamientos en carretera, falta de descanso y una normalización del exceso que hoy se observa con otros criterios de salud pública. La prensa convirtió muchas veces esa realidad en la explicación total de la mákina, como si el fenómeno musical, técnico y social pudiera resumirse en una pastilla.

En el caso de Pastis & Buenri conviene separar lo documentado de la leyenda. Pastis ha hablado públicamente de adicciones y de su decisión de someterse a tratamiento, y también ha sido muy explícito al rechazar la idealización de las drogas. Buenri ha criticado directamente que su estilo musical quede asociado automáticamente al consumo. Es una tensión importante: el propio pasado contiene episodios duros, pero eso no autoriza a convertir el consumo en una identidad artística. El oficio —selección, técnica, lectura de pista, resistencia mental— existe independientemente de ese imaginario.

Los excesos tampoco fueron únicamente químicos. Había una economía de sueño destruido, jornadas que se estiraban hasta la mañana, presión por mantener una residencia y una intensidad emocional que podía convertir cada fin de semana en una prueba física. La cultura de club tardó años en hablar con normalidad de descanso, salud mental y reducción de riesgos. Leer la trayectoria de Pastis & Buenri desde 2026 implica incorporar esa conversación sin moralismo y sin nostalgia selectiva.

Del desprecio cultural al redescubrimiento

Durante años, la mákina cargó con un problema de clase y de prestigio. Parte de la cultura electrónica española que aceptaba techno, house o experimental veía el sonido catalán como demasiado directo, juvenil o popular. Esa jerarquía empezó a resquebrajarse cuando nuevas generaciones, libres de las guerras tribales de los noventa, escucharon aquellas sesiones como documentos de una práctica radical del DJ. El revival no se limita a la nostalgia: conecta con una escena global acostumbrada de nuevo a tempos altos, hard trance, gabber, happy hardcore y mezclas deliberadamente emocionales.

Andrés Campo y Buenri hicieron un F2F en Industry CITY de Monegros 2026
Andrés Campo y Buenri hicieron un F2F en Industry CITY de Monegros 2026

Que Pastis & Buenri hayan llegado a espacios como Boiler Room o a plataformas que hace veinte años parecían culturalmente lejanas tiene algo de corrección histórica. No borra los lados oscuros de la escena ni convierte cada recuerdo en patrimonio. Simplemente obliga a evaluar el trabajo por lo que sucede en la mezcla. Y ahí siguen apareciendo las mismas virtudes: velocidad mental, memoria musical, riesgo, humor y una comunicación con la pista que no necesita traducción.

Una forma de pinchar que todavía incomoda a los puristas

El legado de Pastis & Buenri está en los discos, pero sobre todo en un principio: el DJ puede transformar materiales aparentemente incompatibles hasta que parezcan hechos el uno para el otro. Esa idea conecta Psicódromo, Pont Aeri y Xque con muchas cabinas contemporáneas que vuelven a mezclar trance, hardcore, hard house y pop sin pedir permiso a las fronteras de género. Tres décadas después, los dos David siguen defendiendo su terreno desde el mismo lugar que los hizo importantes: la pista.

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